8/31/2004

Seattle La belleza y la tecnología



Seattle La belleza y la tecnologíaEn el extremo noroccidental de Estados Unidos, una de las ciudades más importantes del estado de Washington, es un lugar de belleza europea, donde la naturaleza convive con la más avanzada industria del mundo. Viaje.

Por Germán Santamaría
Las colinas doradas en otoño, los lagos azules, al fondo la cumbre nevada del monte Rainier, el horizonte del Océano Pacífico, las ardillas y los venados que retozan en los bosques urbanos, todo tan apacible y fresco, alimenta en Seattle el escenario perfecto donde se encuentra lo más hermoso de la naturaleza con las mayores expresiones de la modernidad tecnológica.Situada en el extremo noroccidental de los Estados Unidos, entre inmensos bosques y planicies y montañas, puerta de entrada a la majestuosa región de Alaska, su bahía y sus lagos repletos de barcos pesqueros y llenos de restaurantes que ofrecen exquisitas langostas y cangrejos gigantes, en esta ciudad de apariencia tan sosegada y bucólica se desarrolla una de las competencias tecnológicas más vertiginosas del mundo moderno, como quiera que operan allí las fábricas de dos de las industrias de punta más importantes de hoy: Microsoft y Boeing.Los aproximadamente seiscientos mil habitantes de Seattle saben vivir la vida. La mayoría trabaja bajo el rigor competitivo de estas fábricas de alta tecnología, pero el 40 por ciento tiene botes propios, desde pequeños veleros hasta lujosos yates, para navegar todos los fines de semana, capturar cangrejos de noviembre a febrero y después pescar meros o salmones. Los salmones, en pleno centro de la ciudad, se pueden ver por miles en los embalses que los llevan del mar a los lagos interiores y después por los ríos de montaña arriba para ir a desovar y morir donde algún día nacieron.

Entre los lagos Union y Washington se encuentra Microsoft. Son cuarenta edificios de seis y ocho pisos entre bosques y jardines. Allí trabajan desde Bill Gates y Orlando Ayala, el colombiano que está entre los cinco más altos ejecutivos de esta compañía, y hasta cinco mil funcionarios de la más alta calificación tecnológica para la producción de programas de computadoras. Desde un largo puente se puede apreciar la mansión de ladrillo rojo a orillas del lago, donde vive Bill Gates, avaluada en 32 millones de dólares. Orgullo de la ciudad, Bill Gates le ha regalado a la Universidad de Washington, en pleno centro de la ciudad y en un vasto campo de suaves colinas, edificios y laboratorios por más de 40 millones de dólares.Más lejos, pero a sólo una media hora del centro, está la Boeing, que en realidad es una serie de gigantescos hangares donde se fabrica un avión cada dos días, desde el más pequeño que es el 737 que servirá de avión presidencial de Colombia, hasta el Jumbo y el 7E7, el nuevo reto de la Boeing, que volará dentro de dos años y desde cuya cabina se sentirá la sensación de mirar las estrellas en los vuelos de noches espléndidas.

Todo el fragor de estas fábricas no se percibe entre la agreste tranquilidad de Seattle. Porque se trata de una ciudad que no se parece a ninguna otra urbe norteamericana, casi siempre monótonas, con un downtown o centro de grandes edificios, y lo demás son suburbios y autopistas atiborradas de coches. Seattle, colonizada por noruegos, más compacta entre colinas y rodeada por los aguas del océano y de los lagos, con un barrio bohemio donde un hippy instaló una gigantesca estatua de Lenin que compró por diez mil dólares cuando se desplomó la Unión Soviética, llenas de pequeños cafés al bajar la calle –allí nació la máxima multinacional que vende café caliente, la Starbucks–, y con la Pike Place Market, que es un mercado de chocolates, flores y pescado, tan bello como los mejores de París o Amsterdam, es una ciudad que en realidad no parece norteamericana sino europea, por la misma belleza de su entorno y la serena pero muy alta calidad de vida de sus habitantes.

Cada día, del aeropuerto de Seattle parten seis vuelos hacia Alaska, que desde Colombia es una región remota en la imaginación pero que desde allí es algo muy cercano, que se percibe en el ambiente. Con vista a los lagos o al mar, los restaurantes ofrecen, a todos los precios, lo mejor de los mares de Alaska, desde pescados muy suaves hasta las gigantescas muelas de cangrejo o las langostas Jumbo, allí tan cerca de donde fabrican estos aviones.Por la mañana y por las tardes, en las aguas de los lagos Washington y Union, se ven decolar las avionetas tipo Catalina, que se enrumban hacia los lagos interiores, o hacia las cercanas Montañas Rocosas o hacia el corazón de los grandes bosques de pinos. Y a media hora en automóvil está la frontera de Canadá y ahí la ciudad de Vancouver, bastante parecida a Seattle, lo que señala que en este rincón donde se juntan Estados Unidos y el Canadá, es una de las zonas de mayor belleza y calidad de vida y uno de los lugares del mundo desarrollado donde mejor la modernidad tecnológica vive en armonía con la belleza primigenia de la naturaleza.En Seattle todo, desde la Boeing y Microsoft hasta la Universidad de Washington, o las zonas residenciales, como Magnolia y Queen Ann District –barrios de las colinas con vista al mar y a los lagos y con mansiones de hasta quince millones de dólares– está al alcance de todos, tanto de residentes como de turistas.

En esta infinita expresión estética de naturaleza y desarrollo, el concepto del espacio público alcanza una dimensión realmente social. Se puede visitar todo, porque nada está vedado, en un concepto realmente humano del capitalismo moderno. Por ejemplo, por sólo tres dólares se puede entrar a ver cómo se fabrica un avión de la Boeing, que es como por menos de diez mil pesos colombianos echarle un vistazo al futuro.Desde la torre Space Needle, de 84 metros de altura y que remata en un restaurante giratorio donde se degusta una de las comidas de mar más exquisitas del mundo, se observa el horizonte total de Seattle. Abajo, los lagos y el mar, que en bahías y ensenadas rodean las colinas donde los bosques amarillos y rojos de otoño bordean los mercados, los puentes, los barrios residenciales, el barrio bohemio de Fremont... Más allá, el gran monte Rainier se levanta sobre la cordillera de las Cascadas, y al fondo las grandes cumbres de la cordillera de las Rocosas, como una gigantesca sombra azul más allá de todos los bosques.

Este mundo supercivilizado, ubicado en la máxima tecnología de punta del universo conocido, se halla más cerca de lo que muchos suponen. Vía Continental, con una breve escala en Houston, se puede salir de Bogotá con el desayuno de la mañana y antes que termine el día, aún con la luz del sol, se puede llegar a Seattle, ese mundo supermoderno y a la vez primigenio donde la prosperidad y la tecnología son compatibles con los venados que saltan sobre la calle y con las ardillas que trepan por los árboles dorados del otoño o blancos por la nieve del invierno.
La nueva terminal de Houston El aeropuerto intercontinental George Bush de Houston es la escala más expedita para viajar de Bogotá a Seattle y a todo el centro y la costa oeste de los Estados Unidos.

Considerado uno de los más modernos del mundo, allí se inauguró la terminal E, gracias a una inversión de 800 millones de dólares aportados entre el Sistema de Aeropuertos de Houston y Continental Airlines. Esta obra hace parte de un proceso de ampliación y renovación de esta terminal aérea, que se concluirá en el próximo año y que exigirá una inversión de casi tres mil millones de dólares.Con la construcción de la terminal E se duplicó el número de salas internacionales de este aeropuerto, que está entre los ocho aeropuertos internacionales más grandes de los Estados Unidos y es igualmente uno de los tres grandes centros de distribución de vuelos de Continental Airlines. Tan grande en extensión y área de construcción como una ciudad mediana de Colombia, las aeronaves de Continental predominan en todos los muelles. Por las cinco terminales del George Bush circulan más de 35 millones de pasajeros en el año, como si por allí pasara toda la población de Colombia en un lapso de doce meses. Casi doce millones de estos pasajeros son clientes directos de Continental o de su filial Continental Express.

El salón Presidents Club de Continental, uno de los cinco de este tipo en el aeropuerto, es el más grande, moderno y lujoso de los 28 salones de pasajeros VIP que tiene Continental en todo el mundo. Este Presidents Club es como un hotel de cinco estrellas, que permite a los pasajeros en tránsito descansar o trabajar en las condiciones más cómodas o modernas que puedan ser imaginadas.La nueva terminal E, una construcción postmodernista, de gran altura y de techos de estilo geométrico de metal con vacíos espaciales, es de uso exclusivo para los pasajeros de Continental y permitirá que esta compañía opere, a partir del próximo año, desde allí todo su tráfico internacional, donde los inspectores de inmigración contarán con 80 posiciones que permitirán atender cuatro mil pasajeros por hora.La terminal E tiene 28 puertas de embarque, cuarenta tiendas libres de impuestos, los más conocidos restaurantes de comida rápida y un elegante restaurante de comida de mar.

Cerca de tres mil vehículos pueden ser parqueados en el área interna del aeropuerto.En síntesis, la nueva terminal E de Continental en el aeropuerto de Houston no es sólo una edificación tan moderna y sofisticada que merece ser visitada como sitio turístico, sino que permite a los pasajeros la culminación o la continuación de su viaje dentro de las condiciones más funcionales, cómodas y modernas del mundo contemporáneo.

Fuente Revista Diners